viernes, 27 de mayo de 2016

PIDEN PAN...NO LES DAN


Siendo Latinoamérica la región que en nuestro continente ha resultado más severamente afectada por los vaivenes de su propia historia, no es temerario afirmar que tan solo es uno el mecanismo que de manera asertiva ha logrado reivindicar las demandas de miles de personas que han visto socavados sus derechos, lo mismo a manos de militares golpistas que por cuenta de autoridades democráticamente electas.
                


Ya sea por su intransigencia o su falta de voluntad, los países al sur del Río Bravo han dejado al sistema interamericano de protección de los derechos humanos, la responsabilidad nada sencilla, de escuchar el clamor de justicia que resuena y cada vez con más fuerza, desde México hasta Argentina sin que las autoridades nacionales parezcan interesadas en atender oportunamente las arteras violaciones a los derechos esenciales del hombre cometidas dentro de sus fronteras.
                
Con semejante tarea en sus manos, la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, ha dado muestra tangible de estar a la altura de las circunstancias que le impone nuestro contexto naif, no sólo porque en sus entrañas se gestan recomendaciones que antaño lograban sonrojar a los estados latinoamericanos y sus gobiernos, sino porque en los hechos, es ella la que tiene el poder de llevar un caso de violación de derechos humanos hasta la máxima instancia continental: la Corte Interamericana, ubicada en Costa Rica la que, a diferencia de su antesala en Washington, tiene la autoridad suficiente para condenar a un Estado y además, supervisar el cumplimiento de sus sentencias.

Es precisamente este poder, el que incomoda a muchos gobiernos de la región, quienes en los últimos años han sido señalados por el sistema interamericano por negligencia y abuso de poder, tal como lo evidencian las sentencias proferidas contra Colombia, Guatemala, México, Perú, Chile, Argentina o República Dominicana de quienes irónicamente depende el sustento y futuro de la Comisión.

Quizá recordando la airada frase de José López Portillo[1] a la prensa chayotera[2] de los 70, los países que contribuyen con sus cuotas al sostenimiento de la OEA y su órganos, decidieron no seguir pagando para que les peguen y en consecuencia, apostar al deterioro de su función o cuando menos, al debilitamiento de James Cavallaro, su presidente.
               
Y es que es inútil negar que la autoridad y presencia de la Organización de Estados Americanos en la realidad panamericana ha experimentado desde finales del siglo XX un deterioro significativo, no sólo por la influencia avasallante que desde siempre han ejercido los Estados Unidos sobre el organismo hemisférico, sino por lo polarizante que resulta la figura de su secretario general, Luis Almagro, a lo que se suma la presencia de nuevos mecanismos regionales como el ALBA o la CELAC que en los hechos son los sindicatos latinoamericanos del continente .

Sin embargo y fuera de toda otra consideración, debe reconocerse el trabajo impecable y comprometido de la CIDH a favor de muchos ciudadanos que, sin haber sido tenidos en cuenta por la justicia de sus países, tienen felizmente la posibilidad de recurrir a esta instancia transnacional que parece ser la única dispuesta a escucharles y defenderles contra todos y contra todo.

Descrita como un órgano autónomo de la OEA, la Comisión vive y opera gracias al pingüe presupuesto que el organismo le asigna[3] y según las declaraciones de James Cavallaro éste  apenas supera los 10 millones de dólares al año, sólo rebasados por los 18 millones de dólares que destinó la Presidencia de México a hacer una serie de reparaciones en la residencia oficial de Los Pinos durante el año pasado[4].           
               
Las cifras reveladas por Cavallaro en el espacio de la periodista Carmen Aristegui en CNN, no mueven sino a la conmiseración por la CIDH que, de seguir así, en breve será incapaz de seguir pagando a casi la mitad de su plantilla, continuar con la celebración de audiencias y ni se diga la realización de visitas in loco que permiten la integración de los informes sobre la situación general de los derechos humanos en los países del continente y en especial, los de América Latina.  
                
Frente a este panorama de crisis, los estados miembros de la OEA, no se han mostrado precisamente solidarios, sino que por el contrario parecen estar dispuestos a dejar al garete a la CIDH y a su presidente quien pareciera clamar en mitad del desierto.
                
Nada menos, hace unos días, Claudia Ruíz Massieu, titular de la Secretaría Relaciones Exteriores, dijo enfáticamente que México no aumentaría el monto de las cuotas voluntarias para el organismo, porque ya le tocó pagar por la labor del GIEI,  cuyas conclusiones levantaron ámpula en el gobierno mexicano, al que parecen haberle dolido en el alma los 2 millones que tuvo que desembolsar para que, de nuevo y desde otro frente le siguieran pegando.
    
La lisonja amarga de la funcionaria mexicana es tanto como si un contribuyente se negara a pagar por el servicio de agua y alcantarillado, debido a una falla eléctrica en su carro, por lo que, de tan absurdo que suena, uno no puede sino preguntarse si es que México mantendrá su abierta confrontación con el organismo que le dio entrada a casos como los de Rosendo Radilla Pacheco, desaparecido hasta al día de hoy, igual que ocurre con los estudiantes de la Normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa y otros cientos de ciudadanos cuyo paradero se desconoce.   
                
Y es que el rosario de desencuentros de México con las instancias internacionales vinculadas a la protección de los derechos humanos en los últimos meses, no para en su negativa de prorrogar el mandato del GIEI, sino en las descalificaciones contra Juan Méndez, Relator Especial de la ONU sobre la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, así como en el amague judicial contra Emilio Álvarez Icaza, secretario ejecutivo de la CIDH y en consecuencia, segundo a bordo de James Cavallaro.

               
Como se ve y como ha dicho la secretaria Ruiz Massieu, México no está dispuesto a lanzarle ningún salvavidas a la CIDH, antes al contrario, le vendría bien verla hundirse desde la orilla, mientras que otros países miembros no han querido siquiera ponerse al día con las cuotas atrasadas desde Dios sabe cuándo.
                
En este concurso de mezquindades, no queda sino replantearse una redistribución del gasto en la OEA, pues sigue resultando incomprensible que el Consejo de Europa destine 3 veces más presupuesto a la promoción y defensa de los derechos humanos en esa región del mundo, que el que destina nuestro máximo organismo regional a la Corte Interamericana[5].   



                
No olvidemos: la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos son a no dudarlo, lo mejor que hado la OEA a los americanos. Dejar a la Comisión sin un presupuesto digno, es si acaso el primer paso para desmantelar el bien acreditado sistema de protección de los derechos humanos con que cuenta el continente y dejar en la indefensión a miles de víctimas. Esta Comisión y esta Corte, han sentado precedentes importantes contra las injusticias de nuestro tiempo y apostar a su ruina, significa un disparo en el pie, incluso para aquellos que hoy se solazan con su desventura.        

Por eso, a mí, QUE NO ME VENGAN..!!! 



Guillermo Gustavo Flóres-Chacón 
Toluca, México; 26 de mayo de 2016





[1] Presidente de México entre 1976 y 1982
[2] Chayotera o chayotero es la frase con la que el gremio periodístico de México se refiere a los medios que reciben un soborno o canonjía del gobierno en turno, con el propósito de mostrar una imagen u opinión favorable en sus noticieros o columnas.  
[3] Apenas el 6% del presupuesto total de la OEA según la propia CIDH
[4] Alemán, Vanessa. (11 de mayo de 2015) Destina Presidencia 36.1 mdp en mantenimiento de Los Pinos. Agencia Quadratín en la siguiente dirección: https://mexico.quadratin.com.mx/Destina-Presidencia-36-1-mdp-en-mantenimiento-de-Los-Pinos/


[5] Organización de Estados Americanos (23 de mayo de 2016). Comunicado de Prensa: Grave crisis financiera de la CIDH lleva a suspensión de audiencias e inminente pérdida de casi la mitad de su personal.

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